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Derrota y Miel - Un relato de J. D. Martín

Publicado : 23/10/2019 - Categorías : Burradas Ilustres

Mi nombre es Jonathan Silencio, y soy la solución a esos problemas que ignorabas tener.

Al ataque de esa frialdad de mortaja que, como una mancha de humedad entre dos paredes, crece invisible hasta que es demasiado tarde; a la umbría oscuridad de maldición antigua que convierte tu vida en una sucesión de desgracias incomprensibles; a la mala suerte repetida, sin sentido, que te hace pensar en el suicidio. A los gritos transparentes de la noche.

Soy un detective sobrenatural. El mejor.

 

Entré en el bar una soleada mañana de miércoles veraniego, de sombras cortas y faldas cortas. De esas que te engañan haciendo que la vida parezca sonreír.

Antes de que mi bien torneado culo adornase una banqueta libre, Julián ya tenía un tercio de cerveza servido. Un buen tipo, este Julián. Cincuentón desgarbado, como hecho de raíces ansiosas y ramas sabias, parece tener un sexto sentido para saber cuándo ando falto de efectivo e invitarme a una o dos cervezas. Claro que es fácil pillarme sin dinero. No sobra el trabajo para los cazadores de espíritus.

–El sábado tuvimos karaoke –me dijo cuando me senté frente a él.

–Ya sabes que no me vas a convencer para cantar en público.

–Ya, hombre, ya lo sé. Es que pasó algo r–r–raro, y a lo mejor es algo de lo tuyo.

Alcé una ceja, interrogante, mientras daba un largo trago a la cerveza. Mi cartera estaba tan vacía que empezaba a absorber la luz de su entorno, así que estaba deseando encontrar un nuevo caso. –Acabamos a eso de las dos de la mañana –me contó– y yo me quedé un rato recogiendo, hasta y media o así. Dejé t–t–todo limpio y me fui a casa. Cuando vine a abrir el domingo me encontré una botella de whisky y un vaso sobre la barra.

–¿Y tú estás seguro de que no estaba ahí al irte?

–Seguro, seguro –dijo con vehemencia–. A ver, pensé que igual se me había pasado, estaba cansado al irme. Pero es que el lunes por la mañana volvió a pasar.

Remarcó su frase con unas palmadas sobre la barra. Yo terminé mi cerveza y señalé con la botella vacía las dos cámaras que vigilaban el local. Una está al final del mostrador y la otra al fondo de la sala, así que la puerta, la misma barra y casi todo el local quedan cubiertos.

–¿Miraste las grabaciones?

–Claro, joder –se retiró para atender a nuevos clientes–, ahora te lo enseño. Buenos días, señores.

Me quedé con mi cerveza vacía en la mano, que es lo más cerca de la desesperación que puedo estar, hasta que Julián sirvió las comandas. Vino después con un nuevo tercio y su teléfono móvil.

–Echa un ojo.

–Voy a la terraza y lo veo tranquilo –dije señalando con la cabeza a los demás clientes–, y así echo un cigarro.

–Venga, ahora me dices.

Me senté a la sombra y puse en marcha la grabación. El bar estaba vacío como un agujero y la marca temporal indicaba que eran las cuatro de la mañana del domingo anterior. Durante medio cigarro no pasó absolutamente nada, tan sólo el contador de segundos se movía. Entonces la imagen se sacudió, fragmentándose y volviendo a la normalidad. Una interferencia electromagnética. Sonreí. Al regresar la imagen había una botella de Dyc sobre la barra.

–Aquí hay tema –me dije.

El ordenador situado al fondo de la barra se iluminó de repente, mostrando la pantalla de inicio. Quedaba casi debajo de la cámara y apenas pude ver la luz de la pantalla ni distinguir qué proceso se ponía en marcha. La imagen tembló de nuevo, volviéndose turbia, y se mantuvo así mientras yo acababa mi cerveza. Me mantuve atento, sin apartar mis ojos de la pantalla más que cuando pasó la vecina morena, que pasea a su perro en mallas ajustadas. Ella, no el perro. El caso no era aún mío, así que no lo consideré una falta grave.

Cuando la imagen volvió a ser clara vi que la marca de tiempo señalaba las cinco y dos minutos de la madrugada. Enarqué una ceja. Avancé y retrocedí varias veces, pero la primera conclusión era la correcta. Se había perdido más de una hora.

 

Julián aprovechó que el bar estaba tranquilo para salir a traerme una cerveza y sentarse a fumar conmigo. Le devolví su teléfono.

–¿Notaste algo más que te llamase la atención? –pregunté– ¿Puntos fríos en el local, manchas de fluido viscoso, olor a podrido o a flores frescas?

Reflexionó antes de contestar negativamente.

–¿Qué es eso del olor a podrido?

–Puede ser una señal de presencias preternaturales, o de que se te ha olvidado tirar la basura. También hay fantasmas que huelen a flores, y eso parece depender de la actitud del espíritu, de su bondad o maldad. El fluido viscoso o ectoplasma, que yo llamo “fantasmocos”, es un rastro físico de su energía. Algo así como el sudor.

–Entonces, ¿crees que hay algo en el bar? –dijo, mirando al interior con preocupación –¿Qué hago, cierro? A ver si le va a pasar algo a los clientes.

–Lo peor que les puede pasar por ahora es que engorden con tus torreznos, y merece la pena el riesgo. Pero convendría investigar, por si la presencia es real y se fortalece. Puedo pasar una noche aquí y hacerte un informe profesional.

Lo dije como si me diese igual, aunque ya estaba calculando la tarifa en mi mente.

–Sí, p–por favor.

–Vale, aparcaré el resto de mis casos, que para eso eres un colega. Te costará...

Hizo un ademán de rechazo con su gran mano nudosa, trazando jeroglíficos de humo que surgía de su purillo.

–Lo que sea, lo que sea, no quiero que le pase nada a nadie.

Sonreí. Qué bondadosa ingenuidad, gracias a la que el mundo sigue siendo un sitio soportable y los detectives sinvergüenzas pueden llenar sus bolsillos. Pero conviene llevarse bien con un tipo que maneja una provisión inagotable de cerveza, así que escribí mi tarifa habitual en una servilleta, aplicando el veinte por ciento de descuento, y se la pasé deslizándola por encima de la mesa.

–Esto y una botella de Jack.

–Trato hecho.

 

Eran más de las doce de la noche cuando nos quedamos solos, al irse el último grupo de currantes recién salidos de sus trabajos. Julián echó la verja y yo saqué de mi mochila un par de bolsas de sal, de un kilo cada una.

–Hombre, de eso tengo yo si te hace falta –dijo él.

–Ya, pero así te lo pongo en la cuenta de gastos y te inflo la factura.

Le expliqué que la sal es una barrera muy efectiva para evitar el paso a los espíritus, así que sellamos puertas y ventanas con ella, trazando líneas delante. Mientras tanto repasamos por enésima vez lo que había ocurrido en la noche del karaóke. Según mi cliente, asistieron los habituales. La única excepción que había alertado mi sentido arácnido fue la presencia de tres parejas de jubilados, que habían aprovechado una visita turística a Medina para pasarse por el bar y divertirse. Hablaron bastante rato con Julián y le contaron que las tres mujeres eran medinenses, emigradas a Madrid para trabajar en diferentes momentos de su vida. Allí se habían casado y hecho su vida, y ahora estaban celebrando la jubilación, esa antesala de la muerte que permite aburrirse oficialmente a gente que ha tenido una vida igual de tediosa antes.

Las tres mujeres habían cantado unas cuantas de Mocedades, y dos de los hombres estropearon la discografía del Dúo Dinámico. Me permití una sonrisa al imaginar a Batman y Robin cantando “Resistiré, erguido frente a todo...” mientras me lo contaba. Una de las mujeres, la jovencita del grupo, dejó callado al bar entero cantando “El hombre del piano” en la versión de Ana Belén, y Julián lo recordaba porque su mujer, que trabajaba en la cocina, salió llorando a escucharla. No era del todo significativo, porque tal vez estuviese cortando cebollas, pero me lo apunté. Además, el grupo había quedado con Julián en que cenarían allí el sábado siguiente, así que la posibilidad de interrogarles quedaba abierta.

 

Tras sellar el local con sal y despedirme de Julián, que cerró la puerta y la verja por fuera siguiendo mis instrucciones, me quedé solo en el bar. Todas las luces estaban apagadas, excepto un par de pequeños focos sobre la barra que arrancaban lágrimas de luz a las botellas del fondo. Me senté al fondo de la sala, donde ninguna de las cámaras me veía, y empecé a fumar y beber para pasar el rato. Al tercer cigarro conocía por su nombre a cada sombra y me sentía como un personaje pintado por Edward Hopper. Nada se movía. Nada se escuchaba. Estaba suspendido entre dos latidos de enamorado.

 

Noté el frío al encender mi cuarto cigarro. El humo de la primera bocanada se convirtió en aliento condensado, y mi piel se erizó como si unos labios de mujer sususrrasen secretos a cada poro. Cogí mi daga Matamuertos, que había dejado sobre la mesa, y la deslicé en el cinturón, a mi espalda, mientras me levantaba. El ordenador se encendió con un destello silencioso, acompañado de un leve parpadeo en los focos. Cuando las luces volvieron había un hombre en pie tras la barra.

Era de altura mediana, con un bigotazo y unos pelos que, unidos a su camisa remangada y su pantalón de pana, parecían sacados de las primeras temporadas de “Cuéntame”. El trapo colgando del cinto y el paquete de Ducados sobresaliendo del bolsillo izquierdo de la camisa me dijeron que era mi nuevo camarero; la transparencia palpitante de su cuerpo y el frío reinante, que estaba muerto.

Me acerqué despacio, la mano dispuesta a empuñar mi daga, mi rostro tranquilo.

Él me miró antes de girarse y coger una botella de Dyc.

–Estoy cerrado, pero da tiempo a una en lo que echas el cigarro –dijo con voz amable.

–Una y me voy, entonces –dije apoyándome en la barra–, y otra para ti si te apetece.

Colocó dos vasos de tubo y sirvió dos generosas raciones de whisky segoviano.

–¿Y qué haces aquí, si está cerrado? –pregunté para romper el hielo.

–Yo soy aquí –dijo, encogiéndose de hombros–. La pregunta es qué haces tú, aunque no me molesta la compañía.

El ordenador había arrancado. El programa del karaoke se había iniciado, o lo inició mi fantasmal compañero, y una música que no identifiqué sonaba en los altavoces. Tomé un trago mientras decidía cómo afrontar la situación. Su respuesta, “Yo soy aquí” en lugar de “estoy”, era reveladora. Un espíritu suele estar atado a un lugar o a un objeto, y casi nunca lo saben. Él parecía ser consciente. El plan A era cortarle en pedazos con mi daga antifantasmas, y el B, escucharle y enterarme de qué pintaba allí. Opté por el B. Quería descartar otras presencias fantasmales, asegurarme de que erradicaba el problema en origen y acabarme mi cigarro.

–Soy detective privado –le dije– y estoy investigando un viejo asesinato relacionado con este bar. Seguro que tú llevas un montón de tiempo aquí y puedes ayudarme.

–¿Asesinatos, en este bar? Primera noticia que tengo.

–¿Llevas mucho aquí? –insistí–. Pasó hace tiempo.

Bebió un largo trago. Me fascinaba ver cómo el dorado licor iluminaba desde dentro su garganta semitransparente.

–Compré el local en el año setenta y nueve... me morí en el ochenta y siete, así que casi ocho años. Claro que en cierto modo hace mucho más tiempo, ¿no?

Encendió un cigarrillo y yo le imité. Nos miramos entre nubes de humo tan etéreas como él mismo.

–Y en todo ese tiempo no ha habido asesinatos, casi ni peleas de borrachos –siguió–, aunque a alguno he sacado a patadas en el culo.

El silencio se prolongó como una marea que crece, contenido apenas por la música. No logré reconocerla, pero me di cuenta de que terminaba y empezaba otra vez desde el principio.

Me sorprendió que el fantasma fuese capaz de hablar de su propia muerte. Muchos de ellos ignoran que están muertos, y muchos otros reaccionan contra ese hecho con rabia, con dolor, con furia. Sin embargo, el camarero parecía ajeno a ello. O indiferente.

–Ha llovido desde el ochenta y siete –comenté.

–Ha llovido y ha escampado, sí. ¿Otra copa, no? Tiene que contarme eso del asesinato, detective.

Claro, me dije. Como si fuese yo el que tiene una historia curiosa aquí. Pero bueno, me dije mientras trataba de reconocer la música, mejor le doy palique antes de cargármelo. Parece tan peligroso como una aspirina. Y esta noche me pagan por saber qué pasa, no por liarme a cuchilladas.

–Mi cliente piensa que ocurre algo fuera de lo normal en el local... y veo que tiene razón.

Sonrió mientras rellenaba los vasos.

–Así que me ha pedido que pase aquí la noche, que indague un poco. He de reconocer que ha sido más fácil de lo que me esperaba.

Miró a la pantalla del ordenador y el volumen de la música subió mientras las luces del techo se atenuaban. Tal vez lo hizo porque le gustaba, tal vez para demostrarme su poder.

–Así que –seguí, tratando de colocarme en una posición de fuerza– he sellado el local, de forma que ningún espíritu podrá salir de aquí. Y he preparado algunas armas, por si el fantasma resulta ser violento.

–¿Y se ha encontrado usted muchos fantasmas violentos? A lo mejor quiere contarme alguna buena historia.

–Casi todos. Nos quedaríamos sin segoviano antes de que te contase la mitad.

Levantó la botella, observando su contenido con pericia de camarero viejo, del que sabe cuántos chupitos le quedan por servir sólo con tantear el peso.

–Pues es la última del almacén –se quejó–. Yo nunca me quedé sin Dyc en el almacén.

–Son otros tiempos, se vende menos. Supongo que en tus años no había tantas marcas.

–Supongo que no –rellenó los vasos de nuevo–, pero bastará hasta las cinco.

–¿Qué pasa a las cinco?

–Me retiraré a descansar. Es... fue mi hora, si entiende lo que quiero decir.

Murió a las cinco de la mañana. Seguramente, junto a la barra de aquél bar donde Julián ponía copas cada día. A mí me daba igual, llevo mucha tierra de tumba bajo las uñas, pero supuse que a mi cliente no le gustaría demasiado. Mala suerte. La canción terminó de nuevo, y el silencio se impuso. El humo de mi cigarro y las preguntas se me acumulaban en la boca, y empecé a soltar ambas cosas.

–¿Esa es la canción que sonaba cuando te mataron?

–¿Matarme? Nadie me mató, detective. Me falló la patata, así de simple –dijo dándose unas palmadas en el pecho– mientras echaba cuentas aquí. Mientras pensaba en la próxima reforma, en la boda, en dónde ir de vacaciones o cuántas letras me quedaban para pagar el coche. Me morí mientras intentaba vivir.

–Y sonaba esa canción.

–Y sonaba nuestra canción.

Se giró y entonces ocurrió algo extraño. Una especie de niebla, una cortina vertical, acompañó su giro, modificando la imagen de lo que había frente a mí. La estantería de botellas cambió, convirtiéndose en un estante de madera. En los huecos libres había carteles de partidos de fútbol del Valladolid, de corridas de toros, y algunas fotos en blanco y negro de mi fantasma, acompañado de desconocidos que supuse fueron relevantes en su vida.

Dio dos pasos hacia la cocina, y la cortina de niebla antigua reveló un equipo de música que le habría parecido chulo a Marty McFly. Puso en marcha el reproductor de cinta y la música volvió a sonar, esta vez acompañada de la voz de Ana Belén.

 

“Esta es la historia de un sábado

de no importa qué mes,

y de un hombre sentado al piano,

de no importa qué viejo café”

 

La reconocí, claro. Lleva sonando desde los años ochenta, y creo que es a la música lo que un bocadillo de alquitrán caliente a la gastronomía. Oscura, pegajosa y triste. Miré a mi alrededor. Las sillas de haya y el moderno futbolín, el suelo de gres y la máquina de tabaco, todo había sido sustituido por mobiliario antiguo, tarima añeja y hasta una cortina de flecos de plástico en la puerta. De alguna forma, mi fantasma me había hecho viajar atrás hasta una época tan antigua que me extrañó no ver en blanco y negro. Atacarle quedaba descartado, al menos hasta que supiera cómo regresar a mis malos tiempos.

 

“Toca otra vez, viejo perdedor,

haces que me sienta bien.

Es tan triste la noche que tu canción

sabe a derrota y a miel”

 

–¿Estos son tus recuerdos? –pregunté.

Asintió con tristeza. Su mirada estaba clavada en una fotografía, en la que le acompañaba una mujer guapa, morena y espigada. Ambos vestían con elegancia de proletarios y sonreían a la cámara como dos estúpidos que creen que todo les saldrá bien, que todo está por venir. Como dos enamorados.

Reconocí el paisaje que había detrás. Era el paseo de Versalles, en la misma Medina, aunque los árboles parecían más abundantes y frondosos que en la actualidad, y el río Zapardile, al fondo, llevaba mucha más agua que ahora. La vegetación y el vello corporal eran mucho más frondosos en los años ochenta.

–Estos son mis recuerdos. Y pronto llegarán mis sueños. A las cinco. Por eso tienes que irte. Déjame con mis cosas.

–Sueños. ¿Hay sueños más allá de la muerte?

–Claro. Hay sueños y esperanzas. Por eso no me fui nunca.

–Por eso volviste cuando ella cantó la canción el sábado por la noche –susurré. A esas horas era fácil de deducir.

–Siempre he estado por aquí, en cierto modo. Y estaré.

–Puedo ayudarte con eso –dije de forma impulsiva–. Ayudarte a cruzar del todo.

Jugó con su vaso, haciéndolo rodar entre las manos durante unos segundos.

 

“Toca otra vez, viejo perdedor,

haces que me sienta bien”

 

–¿Hay recuerdos al otro lado?¿Vendrán conmigo?

–No lo sé –pensé en mi propia muerte, de la que había regresado sin recordar ni siquiera mi verdadero nombre–. Espero que haya paz, pero no lo sé a ciencia cierta.

–¿Lo ha hecho antes, verdad?

–Muchas veces. La gente se queda anclada. Muertes traumáticas, asuntos pendientes, magia negra, tragedias de todo tipo... y yo puedo solucionarlo antes de que pase algo peor.

–No hacen falta asesinatos ni grandes cosas, detective. Ni... ni invocaciones ni crímenes ni magos.

La gente vive y ama y muere y odia, y sueña y recuerda. Y es derrotada y a veces gana, pero sólo a veces. Las tragedias pasan todos los días, en todas partes. Eso es la vida, y es buena. Demasiado buena como para olvidarla. Demasiado buena como para irse y olvidarlo todo, sin más.

Asentí. No tenía mucho que decir a eso. No iba a irse voluntariamente.

–Y a usted, detective... ¿le quedan esperanzas? –preguntó mientras rellenaba el vaso.

–Ninguna –dije antes de apurarlo a trago duro–, pero me quedan peleas.

El whisky se me atragantó durante un segundo, haciéndome toser, abrasando mi garganta como una lágrima contenida. Cuando abrí los ojos, el bar era el que yo siempre había conocido y yo estaba solo. Solo, delante de una botella de whisky, dos vasos vacíos y una vieja foto enmarcada, de una pareja que sólo tuvo tiempo de soñar, que sólo pudo compartir recuerdos de derrota y miel a ambos lados de la muerte.

–Qué cabrón –le susurré al vacío.

 

Al día siguiente le conté a Julián todo lo ocurrido y le di la foto. La historia no daba para novela, desde luego. El dueño del bar tenía una relación con la chica de la foto, con la que compartía canción y esas cosas tan bonitas. Él murió de un poco emocionante infarto, y ella siguió adelante con su vida. Acabó trabajando y casándose en Madrid, y cuando regresó al pueblo para celebrar su jubilación no resistió la tentación de volver al viejo bar, de sumergirse en los viejos recuerdos, de cantar la vieja canción.

Tal vez quiso hacer un homenaje secreto, privado, a ese amor que no pudo ser, tal vez incluso ese viaje tenía como objetivo sumergirse una última vez en la nostalgia, disfrutar de aquellos paseos por Versalles y aquellos proyectos compartidos que nunca fueron. La gente, a veces, encuentra consuelo y alegría en ese tipo de comportamientos, por mucho que yo no los entienda. Visitamos el cementerio de nuestra añoranza para dejar flores frescas de anhelo y sonrisa. Somos unos cretinos.

Expliqué a mi cliente los pasos a seguir. Volvería esa misma noche, equipado para un exorcismo y una limpieza total. Después buscaría la tumba del camarero y quemaría los restos, evitando así que volviese jamás.

Él me miró, asintiendo vagamente, volviendo sus ojos a la vieja fotografía cada pocos segundos.

En ese momento, mientras yo calculaba mentalmente la tarifa a aplicar, su mujer salió de la cocina y colocó una bandeja de callos en la vitrina. Se miraron durante un instante, ella sonriendo con las mejillas sonrojadas por el calor y el trabajo, él serio y tranquilo.

–V–vamos a dejarlo, macho –me dijo cuando ella volvió dentro–, después de todo no hace daño a nadie. Y seguro que a la señora le gustará recuperar la foto.

Di un trago a mi cerveza, dispuesto a protestar. Se me escapaba un dinero fácil. Tenía que convencer a aquél idiota sentimental de que lo mejor para los muertos es estar muerto. Recordé entonces la mirada del fantasma al ver la foto, tan parecida a la de Julián cuando su mujer salió de la cocina y sonrió. Supongo que hay cosas que yo no puedo entender, que hay vidas que merecen la pena aunque el dolor exista, que tal vez tengan sentido gracias al suave dolor del día a día, a los sueños que no pueden cumplirse, a los proyectos demasiado lejanos, sólo porque hay momentos, para mí aburridos y normales, que les dan sentido. Complicidades que duran el aleteo de una mariposa pero que son suficientes para llenar el aire de color.

Había perdido la oportunidad de ganar pasta, así que asentí y me pedí otra cerveza. Y una ración de callos.

–¿Y qué vas a hacer entonces, Julián? –pregunté mientras pringaba pan en la espesa y rica salsa.

–Voy a comprar una caja de Dyc –dijo sonriendo.

Después me entregó la paga por mi noche de vigilancia y se alejó para atender a otros clientes, mientras yo me dedicaba a disfrutar mis callos sin darle más vueltas al tema. El caso estaba cerrado.

 


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